
EL CHINGOLO
Había una vez un hombre muy forzudo, pero muy jactancioso.
Una vez pasó por el lugar donde se construía un templo de anchos muros y fuertes columnas. Al verlo dijo, lleno de soberbia:
-¡Gran cosa es esto, soy capaz de echarlo al suelo de una patada! - Y así lo hizo, festejando su atrevimiento a carcajadas.
El juez mandó prenderlo y engrillarlo, y de este modo lo condujeron a la cárcel. El castigo de Dios fue más severo que el de los hombres. Por su vanidad y por su profanación fue convertido en chingolo (1)
Por eso este pajarito conserva su bonete de presidiario, anda siempre nervioso, y como aún lleva puestos los grillos, sólo puede caminar a saltitos.






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